Todo lo que no es – Mad Max, The Fury Road

De pronto estaban nerviosos. Hemos de irnos ya, rápidamente. No podemos esperar. Y amontonaron sus bienes en los patios y les prendieron fuego. En pie contemplaron cómo ardían, y luego cargaron frenéticos los coches y se marcharon, entre el polvo. El polvo permaneció suspendido en el aire mucho después de que los vehículos hubiesen pasado. “Las uvas de la ira.” John Steinbeck.

Posiblemente, la mejor forma de escribir sobre Mad Max, The Fury Road, sea no decir nada y sustraerse a la propuesta del título: fury + road.

No obstante, a pesar de ser un entretenimiento sin pretensiones, la nueva versión de Mad Max logra tocar, sin querer, ciertos puntos que pasan de soslayo en la trama de la película, aunque a través de una ráfaga imperdonable de pesadillas de contracultura post-apocalíptica y tergiversaciones enfermizas de El Bosco.

Los arquetipos involuntarios

Pensar a Mad Max desde la distopía quizás sea una forma fácil de inexactitud. Las distopías son propuestas, hay una creación; hay un arquitectura del hombre en lo psicológico y de su entorno en lo sistémico como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges; hay, en general, una filosofía del poder un poco más compleja que la caricaturización de esta película. Mad Max no es más que una ráfaga de recursos entumecedores. Y sin embargo, se hace interesante por todo aquello que no es.

Hace no mucho, Szifrón se refirió al “Monstruo en la casa”, que algunos entienden injustamente como género y que sin embargo no deja de ser un recurso narrativo, como una forma de convocar, en una historia, los miedos más primitivos del hombre. Mad Max toca, sin méritos ni derechos, algunos de esos puntos. Lo que es, sin duda, un mérito.

La película es, simple y llanamente: una persecución, la gimnasia de un temor arquetípico que resiste en sueños, y que eventualmente puede elevarse por lo mesiánico (lo mesiánico, en el sentido judeocristiano de disolver la esperanza en lo futuro, con o sin mesías). Por eso, cuando esa persecución se vuelve una fuga hacia algo mejor, se eleva a una tragedia sin tiempo, hecha de rutas y camionetas destartaladas como lo hizo John Steinbeck con la miseria y el despojo.

Los móviles y las circunstancias varían, pero la esperanza se conjuga con la obsesión y ambas cambian lo posible por lo imposible y eso es la tragedia. Jenofonte, en un tiempo de épicas universales, narró el drama de una huida que aún hoy continúa, de diez mil griegos asediados por los persas victoriosos y sórdidos pueblos de montaña, donde el ciclo de los días se vuelve una sucesión de entregas y el cuerpo es carroña viva y las ideas –la idea del mar– se mezclan con la salvación y la perdición. Esa Anábasis se vuelve una religión carnívora donde los devotos se entregan en el altar estúpido y valioso de la esperanza. Se repitió en Sherman, durante la Guerra Civil norteamericana; en Napoleón, carcomido por los ásperos cosacos de las estepas rusas; en Pueyrredón, saliendo de Potosí en las heladas alturas de Bolivia… esa fuga eterna del hombre pudo vestir las arenas terminales de aquel futuro siniestro con el mismo mantra de la desesperación.

*La batalla de Cunaxa. Óleo de Adrien Guignet.

En un mundo post apocalíptico, donde debería gobernar el silencio y el aire seco, George Miller ubicó bramidos estériles y barbarie programada. El acierto es que La Nada y el Desierto se vuelven procelosas rebeliones del cosmos, como en los feroces cuadros de Turner. El vacío es consuntivo y el mundo diezmado es el nuevo lienzo para una caricatura de mitos ancestrales, donde el crimen mayor sería tener la potestad del olvido. Los “progresos” de antaño fueron al fin y al cabo circunstancias, y las circunstancias se desvanecen con la necesidad administrada por los payasescos Señores de la Guerra.

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Tom Hardy pone el cuerpo y no mucho más, es un fantasma y está bien que lo sea, le sienta bien ser una “bolsa de sangre” porque no se necesita talento, sino presencia. Aunque sin responsabilidad directa, es imperdonable el mito del héroe involuntario –habitual en la épica norteamericana–, que encontró su esplendor en el cine de los 80’s y según el cual el héroe no puede ir contra su destino, a pesar de haber querido desaparecer en un anonimato humilde y hosco, a pesar de haber luchando por no volverse ese Salvador que brillará inexorablemente por sus cualidades superiores; haciendo de la fuerza física una inverosímil fuerza moral, de deleznable tradición protestante. Charlize Theron, en cambio, pone todo el lenguaje de sus ojos claros; pelada y sin un brazo, la rubia sigue siendo la versión ajada de un deseo que no ha muerto. A su cargo, como mujer creadora de vida, está el sostener los mitos ancestrales. Ella será, como Pandora o Eva, la que destruirá el mundo establecido, en este caso a fin de revolucionarlo. Mezcla de belleza y harapos, de parca y fertilidad, Diana de los desiertos ponzoñosos, arrebato y sexualidad, esta castrada sacerdotisa será la encargada de activar el sopor del apocalipsis consumado. Y sin embargo, a pesar de los esfuerzos individuales, los personajes están al servicio del mecanismo horizontal de la fuga, que es todo virtuosismo de la imaginación de los técnicos y masturbación artística.

*Turner. Wreckers, Coast of Northumberland

Mad Max parecería ser la sombra de aquellos arquetipos de persecución, podría haber sido la búsqueda de algo mejor, una diáspora en la cual se aspira a una renacer salvador; Mad Max podría ser la redención o la transfiguración de la presa en hombre, sublimar la atrocidad del presente con el recuerdo de la humanidad perdida y aspirar a ese paraíso donde el Tótem no es más el tabú de un crimen ancestral… Podría, pero no lo es.

por

Ramiro Alvarez Caffaro

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