Nolan y sus juegos con el tiempo 1

Memento

“Vivir en recuerdo lo que no se vivió nunca en emoción ni en visión; tener un pasado que no fue un presente. Oh, aquel día, entre pavor y delicia con qué pulso apretó el arma.” Manera de una Psique sin cuerpo. Macedonio Fernández.

Parecería ser que a Jonathan Nolan se le ocurrió la historia mientras viajaba con su hermano mayor de Chicago a Los Ángeles. No es de extrañar que la historia se haya urdido en la ruta, o por lo menos en tránsito. Esta película podría denominarse estúpidamente una roadmovie. Y quizás, Memento, haya sido una atípica precursora, en el sentido que es una película de ruta sin ruta, es decir en constante traslación, donde nada queda y todo es efímero, insustancial; las cosas apenas logran cobrar su nombre ya lo pierden. En ella, la fuga es el común denominador de un mundo que apenas puede establecerse, como la memoria de Leonard.

La película llegó en un momento en que el cine parecía abusar del relato fragmentado. El público se sorprendía, la narración cobraba límites insospechados, la literatura descansaba fatigada de un recurso ya vetusto, pero que siempre parece renovarse. Sin embargo se necesitó de un cierto bagaje cinematográfico, como si fuera una antesala obligatoria, para que el relato fragmentado pudiera asentarse y masificarse.

Como ha sucedido en la literatura, esta técnica distorsiona la posición del espectador pasivo. En Memento la narrativa tiene una razón de ser: la mente de Leonard Shelby (Guy Pearce), la confusión del protagonista como versión de un mundo de por si fragmentado y por ende caótico y violento. Abuso de información, datos terroristas, acosos constantes, relativización de lo concreto, estímulos desbocados, mixtura de la oligofrenia con lo racional, del dogma con lo surrealista, etc. Memento, de la mano del mayor de los Nolan, tiene una razón de ser, un sentido sólido en la relación endogámica de la técnica y la lengua con el tema.

John G. o la tragedia humana

Tomemos, entre grandes escritores, injustamente a uno: Daniel Moyano. Apenas referiremos a Moyano como un gran exponente de este tipo de historias, pienso en “El monstruo”, “Puerta” o “Fábrica”. Historias quizás simples, lineales, que cifran una verdad profunda, no inalcanzable sino magnífica por solapada. Una historia que no encuentra palabras o significado sino de esa manera, en revelaciones probablemente trascendentales, esclarecimientos parciales y apertura de mundos. Historias en las cuales el destino o el descubrimiento se dan por pequeñas cosas, como por ejemplo franquear por primera vez “la puerta” de aquello desconocido, un enigma, una diosa, una mujer inasible, la desacralización, el crecimiento, la verdad tras el velo, una iniciación mundana y sin rito. Las historias bien contadas son siempre un punto más allá, un subtexto que le da fuerza y significado a algo aparentemente trivial. Memento es una de esas historias, donde accedemos a lo importante ya sobre el final y la triste vida de Leonard cobra, para él y para nosotros, un horroroso sentido. Hablamos de Moyano como podríamos hablar de Antonioni, de Lucrecia Martel… hablamos de Moyano porque la literatura muestra, en muchos casos, las distintas iniciaciones de los hombres, el despliegue insensato y febril de su tragedia.

En la película tenemos dos líneas de tiempo, como todo el mundo sabe de sobra. Ambas intercaladas y propuestas para no perder la diacronía. La primer escena es la única que vemos en reverso, después la abrupta sensación de pérdida constante, la falta de un punto fijo, los ojos de un Leonard implacablemente fiel a sus tatuajes, a lo poco o lo único que puede retener, un ancla confiable a la realidad, su propio cuerpo. La película da la sensación de ir para atrás, cuando en realidad va hacia delante por el empuje de la secuencia en blanco y negro, que converge, más allá, con la secuencia color en constante retroceso. El crítico Andy Klein, propuso el sistema 1, V, 2, U, 3, T, 4, S… para entender este esquema. Números para la línea secuencial en blanco y negro, letras para la secuencia color en retroceso, que terminarán fundiéndose en un posible 22A, con una polaroid revelándose. Y ahí está cifrado el padecimiento de Leonard, que va hacia delante sin saberlo. Porque en él la distorsión del tiempo es completa, o la sucesión nula; apenas una imagen en la polaroid como símbolo de una cultura instantánea. Leonard busca una lógica más allá de las fotos que se desvanecen o cambian, cree en John G. como el objetivo último para lograr la paz. Es de remarcar que la única vez que se lo ve con una franca sonrisa, es en la foto el día que verdaderamente mató al asesino.

Eso es Memento, el destino Leonard, la existencia y la corroboración de Leonard, su tragedia, el drama direccionado a una búsqueda eterna por encontrar un sentido, el sentido a la vida hay que dárselo decía Víctor E. Frankl en La presencia ignorada de Dios [1]. Cualquiera puede ser John G., la cuestión es que haya un John G., que el mundo tolere esa posible existencia.

. . .

Leonard es un hombre que ya ni sabe que la ropa que lleva no le pertenece, que el auto que maneja no es suyo, que confunde su historia con la historia de Sammy Jankis, que se ha disgregado en un tiempo sin tiempo, donde el presente es inasible o constante (y atormentado) y la conservación de las cosas una mera utopía, una salvación a la cual no podrá acceder pero que reemplaza con su obsesión de muerte, siendo implacable, esquemático y frío, eternamente enamorado de una mujer a la cual, quizás, mató. Es aquí donde encontramos un punto, probablemente, innecesario. La historia de Sammy Jankis.

Las historias paralelas sirven, o deberían servir, para darle fuerza al todo general, es decir a lo que se quiere decir. Esa fuerza puede estar dada por un equilibrio en la estética, por una necesidad en la narración o por el afán de explicar algún punto sumamente necesario, por ejemplo en lo psicológico. Pero nunca por capricho de creador, que es ahí donde se confunde la historia principal, que en películas como Memento hay que cuidar mucho. En “Respiración Artificial” uno de los personajes de Piglia, –cito de memoria — dice, o más bien cita, que una forma de confundir al lector es narrando los sueños de los personajes. Este podría ser la causa de la historia de Sammy Jankis. El espectador atento, como dice el mismo Nolan aunque sin revelar nada, podrá advertir que la historia de Sammy Jankis no es más que la historia de Leonard Shelby, que el mismo Leonard confunde. La incorporación de esta historia tiende a confundir y no ayuda ni empuja la trama en ningún momento, desviando incluso la atención sobre Jankis, como si dicha historia conservara parte de algún tipo de enigma. En rigor, la verdad velada a la que deberá acceder el espectador es que Leonard ya ha encontrado al asesino (o lo que en su momento concibió como el asesino verdadero) y no sólo que lo ha encontrado sino que lo matado. De haberlo entendido, su vida hubiera continuado en la apatía y el sinsentido de alguien que no encuentra, como dijimos, asidero, una razón de ser. Por lo tanto, Leonard debe seguir infinitamente su búsqueda y su venganza para no perder el Sentido en todos los aspectos de la palabra; debe seguir aunque engañándose a si mismo, lo cual es posible gracias a la amnesia anterógrada que sufre.

Se podrá alegar, entonces, que la historia paralela de Jankis sirve para profundizar en la confusión de Leonard, es decir en la necesidad imperativa de recobrar una personalidad perdida. De ninguna manera esto es así porque existe otra clave en la historia: Jimmy Grants. Jimmy Grants es la “identidad” que Leonard asume al tomar su vestimenta, su auto y fugazmente a su pareja. Jimmy Grants no es John G. o bien pudiera haberlo sido. Lo crucial es que Jimmy Grants muere y Leonard toma su ropa, el vestuario es el elemento que define, en gran parte, a los personajes, sobretodo en el cine. La vestimenta –además del auto porque esto es Norteamérica– es lo que basta para dejar en claro la confusión de Leonard, no saber donde él mismo empieza y termina. De ahí surge una serie de enredos, recelos, broncas y amenazas, que terminan en el mismo baldío donde muere Jimmy Grants y en un nuevo asesinato, el de Teddy. Así la historia se perpetúa en el infinito, en una gesta aniquiladora y desesperada.

Para terminar recordaremos al personaje de Macedonio Fernández, el herrero Cósimo Schmitz “a quién le fue extirpado el sentido de futuridad, dejándosele prudencialmente un resto de perceptividad del futuro para una anticipación de ocho minutos”, que no era más que para remediar los efectos secundarios de una primera prueba científica, en la cual se le había adosado el recuerdo de haber matado a su familia, que era lo que necesitaba para salir de su apática vida de herrero. Schmitz quería olvidar ese pasado, un pasado atroz como Leonard, el de la familia muerta, y en vez de que le hayan extirpado el recuerdo malsano, los científicos simplemente habían logrado la reducción de la futuridad. “Por que el Pasado, ausente el Futuro, también palidece porque la memoria apenas sirve…”

Cuando nuestro extraño héroe Leonard, ya no goce de su implacable juventud y empiece a cometer errores, cuando Leonard envejezca en su eterna búsqueda, cuando el próximo, o uno de los tantos John G. o Jimmy Grants se le enfrente con éxito y lo maten en justificada defensa, cuando todo eso suceda en un futuro, podremos decir lo que dijo Macedonio de Cósimo Schmitz: “Murió en sonrisa; su mucho presente, su ningún futuro, su doble pasado no le quitaron en la hora desierta la alegría de haber vivido, Cósimo (Leonard) que fue y no fue, que fue más y menos que todos.”

. . .

[1] La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión. Barcelona, Editorial Herder.

por

Ramiro Alvarez Caffaro

Leave a Reply