La ilustración sin complejos

Por 2016/02/01 Lucas López, Zoom Comments

La nueva ilustración se define por su estilo figurativo y su apertura decisiva en los diferentes modos de narrar, que se debate entre la tesis experimental, el impulso expresivo y la variable de oferta y demanda comercial. El francés Antoine Marchalot despliega un set de viñetas surrealistas –para el New York Times, Focus Magazine y Arbitraire, entre otros medios globales–, que It’s Nice That describe como “ilustraciones de bordes siniestros, que combinan humor y tragedia”. En cambio, la irlandesa Laura Callaghan es concluyente en sus relatos orgiásticos y trashy, con influencia de la pintura clásica (The Romans of the Decadence, 1847), ilustraciones de moda vintage o las confesiones de un diario íntimo. Otros nombres como Jade Schulz, los retratos vanguardistas de Natalie Foss, y el oscurísimo humor de Polly Nor, –continuador del ritual obsesivo y paranoide del músico Daniel Johnston—, son representativos de un pathos estilístico de profunda intencionalidad expresiva. Precisamente en el campo de la música pop, Claire Elise Boucher aka Grimes alcanza fama mundial con Art Angels (2015), donde cada track es ilustrado en distintas láminas por ella misma, en una combinación de manga y personajes fantásticos que le valió amplia exposición y el respeto del sello 4AD. 

En el proceso de la ilustración contemporánea la visión -que no es estilo- y la narrativa son esenciales. Con un trazo hábil que marca un pulso más cercano al espacio de arte que a la ilustración editorial, las figuras femeninas de Irana Douer no temen orinar, copular o liberar sus instintos húmedos de libertad. Sus figuras sobre porcelanas, cuadros y telas evocan tanto a Tracey Emin como a viejas estampas de erotismo japonés, en un miniaturismo encantador y de pose autobiográfica. Como Boucher, un status similar alcanza el cantante Santiago Barrionuevo, cuyas ilustraciones para su grupo El Mató a un Policía Motorizado (tapas de discos, EP’s, flyers y banners) describen un universo de códigos adolescentes e indescifrables para el gran público, un adn alternativo que comparte con la galería de mascaras afiebradas del ilustrador peruano Amadeo González. En la naturaleza de la ambigüedad, —como diría Milton Glaser—, resultan manifiestos provocadores por parte de una comunidad inquieta, con temple autoral e independencia, que se expresan con goce y sin complejidades.

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