El pétalo de Birdman

“Allí donde no hay dioses, acechan los fantasmas.”
Novalis

En relación al destino o a su propio destino, Novalis escribió que dependía de “si un pétalo cae en éste o en aquel mundo”. Y de ese modo parece resumirse la poesía taumatúrgica de la imaginación humana, de esa flor que oscila entre la vida y la muerte, luces y sombras de un mismo volumen.

La imaginación se ha planteado como una fuerza poderosísima de transformación de la realidad, vértice de pensamiento que ha destacado Paracelso, como proceso alquímico y filosófico. Es imperioso transformar la realidad en función de lo único que la vuelve crítica: la muerte. El drama humano entonces encuentra lenitivo en el proceso imaginativo y actúa como un catalizador y modificador cuántico de la misma. Esta fuerza es tan poderosa que hubo que inventar un riesgo, probablemente, inexistente: la irrealidad. Los griegos encontraron en el éxtasis dionisíaco un modo de conjugar el arma con el riesgo.

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Birdman, del mexicano Inárritu, un hombre que ha estudiado al drama universal a través de las crisis individuales del hombre, es un resultado más de esta fabulosa alquimia. El esperpento logrado, es una película de una belleza tan sutil como novedosa.

Por empezar, el recurso técnico-narrativo de un plano secuencia, que ya hemos visto en The Rope (1948), de Hitchcock, o El Arca Rusa (2002), de Aleksandr Sokúrov, es importante solo desde este punto de vista. Este plano sin cortes, en definitiva, lleva la historia no sólo a una hiperrealidad, sino a una nueva forma de distorsión, casi por sobre-oxigenación. Por un lado, la técnica pretende desnudar el espacio-tiempo mostrando la ausencia de embelecos y falsetes que pueden surgir por el corte y la edición, esencialmente sospechosos por ser la mano del hombre a posteriori de lo ocurrido; por el otro, el recurso nos lleva a descubrir los secretos mágicos de esa realidad en los detalles. Es el mago arremangándose antes del truco. Pasan las horas y los días y la cámara no corta, los personajes entran y salen encerrados en un mismo compromiso, hay un sin fin y ciclos que se repiten. No hay sueño ni aprendizaje, el efecto del insomnio (que incluso somete al protagonista), nos lleva a deambular como posesos por los oscuros pasillos del teatro. El alma es infinita y la cámara es una cinta sin fin que viborea en los pasillos laberínticos.

El teatro es el meta-espacio donde el director ensaya la confabulación entre lo que no es y lo que es. Y sin embargo, todo sucede entre bambalinas, el proscenio será la puerta de salida, la muerte, pero no el lugar de la acción. Se volverá la liberación y el vuelo final; el vuelo filosófico de Pascal Quinard en Butes, aquel argonauta que se entregó como se entrega Birdman, a la parábola del salto.

A Iñárritu le importa más la mecánica de la imaginación, que la imaginación en si. Los pasillos como la proyección de la mente de Riggan (Michael Keaton), son estrechos y enjutos, llenos de accesos y conexiones, de fallas y requiebros. De ritmo. En esa trastienda bullen los sueños de infinito y de eternidad, donde la muerte no existe y el hombre anhela volverse aire.

Riggan no es un hombre acabado, es un hombre que se siente desaparecer y con la honesta dulzura del artista, busca desesperadamente que todos identifiquen su reflejo y lo reconozcan. Michael Keaton compone a un sujeto trágico: batallador, pero entregado; ansioso, pero cegado por su propia lucha, “…esta obra empieza a parecerse a una versión miniatura y deformada de mi mismo” dice Riggan. Su hija (Emma Stone), con la cual parece desconectado, es quizás la única que lo entiende y que lo observa desde esa sucia marginalidad en la cual la han depositado los excesos. Esa marginalidad, en este caso, es lucidez. Ella escribe en el papel higiénico que somos poco menos que nada, pero la imaginación nos lleva a ser todo. Lo sabe y solo puede asistir a esa lucha desigual del padre por definirse o indefinirse desesperadamente.

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Mike Shiner (Edward Norton) es el ridículo antagonista de este héroe griego y no es casualidad que sea un hombre igualmente desmembrado por las fuerzas de esos mundos, un mismo problema los acerca con una complicidad sin simpatía y sin reconocimiento. Mike Shiner vive en la apatía de su realidad, pero revive con una fuerza sobrehumana en la ficción. Funciona de un lado, pero perece lentamente en el otro. Asiste a la lucha de Riggan y la envidia con perplejidad, saboteándola desde adentro. Deambula por esos pasillos con la única arma de su fama poco dramática y su impotencia aceptada. Sabe que no le quedan fuerzas para sobrellevar la lucha de Riggan, capitán Ahab de aquel lento naufragio. No obstante, Shiner está más fascinado que descreído y lo sigue con desconfianza. La inevitable confrontación es una caricatura y una deformación de la confrontación, a su vez irreal, de la historia de Carver. Es efímera y sin secuelas.

Los alemanes de fines del s. XVIII llevaron el lenguaje poético a la categoría de Destino, a creer, en definitiva, que hay un fin en descubrir un fin, en desentrañar el caos con la receta de la lógica. Pero la poesía de Iñárritu, que encuentra su corolario sobre el final y en la plenitud de un vuelo soberbio sobre Manhattan, contrapone ambos polos de realidad-irrealidad por medio de la desintegración del Yo y la tortura individual. El conflicto de Riggan es personal y no colectivo. Es un camino psicológico y tortuoso en busca de una epifanía salvadora. No trasciende a nivel ecuménico, sino personal. Riggan pugna por definirse fuera de Birdman o, incluso, atravesando a Birdman.

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El personaje de Carver, instantes antes de matarse frente al público real e irrealmente, dice que “no existe”. Shiner, por su lado, busca desesperadamente lo real, su búsqueda es impostada pero hay sufrimiento. Busca emociones que lo atraviesen, que lo alejen del opio del existir cotidiano, busca trascender y sólo puede observar la trascendencia de Riggan, representante de todo aquello que detesta, los resabios de un héroe de cartón en un país anhelante de héroes e intoxicado en todas sus facetas culturales por la mitología del cómic, donde lo excepcional es un resultado admisible y posible en la realidad devastada. Riggan (Michael Keaton ha sido el Batman de Tim Burton)es la fascinación pop transformándose dolorosamente frente a los ojos de aquellos que solo pudieron concebirlo como un exponente más de esa descartable teología; Riggan es lo falso y se vuelve real en esa transformación desesperada del existir en el no-existir y a la inversa. Su metamorfosis es la poesía. De la trastienda al escenario, del arma falsa a la verdadera, de la impotencia a la erección, del aplauso a la perplejidad, del teatro a la calle, del ámbito de ficción a los dispositivos, de las luces al trend-topic, dejar de ser aquí para ser allá, despedazarse y renacer en otro.

El reconocimiento es el vuelo del hombre y no del pájaro mitológico. La corporización de un sueño hecho posible y legitimado, en las instancias más crueles, por la famosa crítica del teatro neoyorquino que le deja una rosa en el bar, una rosa que al final caerá en uno de los mundos de Novalis.

por

Ramiro Alvarez Caffaro

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