El esfuerzo hacia la libertad

Melancholia

“Veo que todavía te tambaleas, deja de soñar Justine…”

Melancholia no es otra cosa que la descripción estética del esfuerzo. Para Fitche la realidad se explicaba a través del Yo y el hombre era un esfuerzo infinito –Streben– hacia la libertad, una lucha inagotable contra los límites. Esta lucha es el enigma psicológico que sostiene a la película a lo largo de su bello cataclismo.

El lugar donde sólo es posible esa lucha es el castillo de Tjolöholm. Como en la obra de Sade a la cual hace referencia Lars von Trier con el nombre Justine, dos mujeres parten de un mismo origen, emprenden una misma búsqueda, pero la hacen por caminos diametralmente opuestos.

La colisión

Solo un danés hace del fin del mundo, un apocalipsis personal. En ningún momento la colisión inminente de los planetas, involucra a la humanidad. Es un apocalisis egoísta que, por el poder consuntivo que ello involucra, arrastrará a los seres queridos en una perversa y dulce fagocitación de angustia y apatía. Como en el cine de Bergam, lo vemos en el dolor, el amor y la muerte. La forma que eligió Lars von Trier de concebir estéticamente una crisis demasiado íntima, es exponiendo una crisis desmesuradamente explícita y hasta vulgar: la colisión de dos planetas. Por eso la idea de esta colisión como metáfora queda demasiado pobre y reduce la idea.

Saturno es fuerza aglutinante (…) la búsqueda de las causas y de las cosas y el examen de sus fines, la expresión de las maravillas y la ciencia de los secretos y los misterios de las cosas. Picatrix. Seudo Maslama el madrileño.

La conversión sagrada y las dos hermanas

La película comienza (desde lo técnico con un montaje de videoclip que pretendía ser, según el director, “vulgar”) con el preludio de Tristan e Isolda, de Wagner, con el fin de eliminar cualquier incertidumbre que pudiera haber sobre el destino de la Tierra. De allí en adelante, los elementos se acoplarán en su lugar correspondiente y el drama será absorbido por los personajes y no por la idea de la catástrofe cósmica. Este drama es la lucha. Primero la de Justine, después la de Clarice.

Justine (Kirsten Dunst) es el sueño dionisíaco, la conexión con el agua y la tierra, es lo que puede ser, pero no es; su patrimonio es la noche y la cercanía del astro aniquilador tiene un lejano componente sexual. Donde se manifiesta la muerte, se manifiesta un rapto de vida y generación. Justine tiene una conexión órfica con esa aproximación y con el lenguaje de la naturaleza. En ella esos poderes se manifiestan implacablemente oscuros. Justine es Brueghel, Millais y Caravaggio, es la locura y la sinrazón de los hombres, es la sexualidad por el odio o el desprecio, el arrebato pardo y el capricho, un cuerpo desnudo en el estanque y en las horas más agrestes de la noche. Ella es quien arrastra los pies con los ojos entornados en una duermevela entumecedora. “Estoy luchando contra este hilo de lana gris que tengo enredado en mis piernas…” Su lucha por pertenecer y por acoplarse al ritmo de la felicidad gregaria, quedan derogadas por el inminente apocalipsis, en el cual reinará sórdidamente. Su lucha termina cuando comienza el retorno de la hermana.

Clarice (Charlotte Gainsbourg), la hermana que ha escapado a esa oscuridad primigenia, lucha por aferrarse a la luz de los números. Su madre, reina de ese Hades y heraldo de la desgracia, lo confirma cuando le dice a Justine que “tu hermana está seducida por todo eso”. Clarice es la apóstata y el personaje más complejo y acaso más importante de la obra, aunque esté dispuesto en un segundo plano. Ella ya hizo su camino y sin embargo deberá sufrir la pavorosa conversión, el trágico retorno a sus raíces. Aquella que quiso aferrarse a los valores de su esposo, al poder del dinero y el status quo, vuelve inevitable y dolorosamente a la potestad del sueño. Clarice está casada con un hombre que cree en la salvación de la ciencia; es el proveedor y el sustento. Y este hombre, cuando ha llegado al límite por el camino de su propio Streben, no tiene otra que perecer ignominiosamente. Muere oculto y vergonzosamente, entre el heno y la mierda de los caballos.

Su hermana, la vestal de aquel culto, se encarga de mostrarle el camino de regreso. Los roles se invierten y Justine, proyectada en un mundo que se descascara con una belleza sorpresiva y femenina, toma el control.

Ha terminado la farsa

En el primer capítulo, los invitados de la boda no advierten la depresión de Justine, ni si quiera cuando es incapaz de tirar el ramo. No pueden hacerlo porque son extras de aquella representación que se va descascarando, son agentes sin participación. En la boda no hay amigos ni amigas, todo es endogámico y minimalista, para subrayar las huellas que han dejado las desvastaciones familiares; el padre desopilante y desconectado, la madre cáustica y terrible como una diosa pagana, después la complicidad por momentos ineficiente de las hermanas… Ha pasado la noche, que es el gobierno de Justine, ha pasado el novio (Alexander Skarsgård) como un actor que deja una representación poco creíble, ha pasado la triste y apocada historia de Jack. Ha terminado el teatro de esa realidad incapaz.

Por eso, el segundo capítulo comienza con la toma aérea de la cabalgata de las hermanas. Sugiere una épica inapropiada pero es el primer corte y el anuncio a otra realidad, el pasaje a otro estrato, a otra vida, los personajes ya con otros vestidos y reconfigurados por sus cotidianos argumentos de credibilidad, salen y van a aceptar la lenta metamorfosis del exterior.

Con la aproximación del planeta se empieza a sentir y a palpar esa batalla eterna en los planos simétricos de Lars von Trier, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la pulsión y la razón.

“La vida en la tierra es mala. Pero puede haber vida en otro lado. Pero no la hay. ¿Cómo lo sabes? Porque sé cosas…” Y de pronto lo trivial, lo absurdo, cobra un sentido metafísico y aún oscuro: 678 frijoles en la botella. Los caballos se tranquilizan, finos hilos de estática crecen de la punta de los dedos como ramas de un árbol, cada cambio en el comportamiento de la tierra parece ser recibido desde la comprensión estética y no dramática, aceptando, de ese modo, que estamos, según Kierkegaard, inmersos en el mundo estéticamente. La muerte o la vida, por lo tanto, son manifestaciones estéticas, de nada vale el resto. Los autos no funcionan y las distancias, bajo las medidas del apocalipsis, no serán más que condimento del absurdo. Un arroyo insignificante de pronto es una barrera infranqueable y divide lo real de lo soñado y lo interno de lo externo.

Cuando ya nada hay por hacer, cuando la entrega es total, en lo psicológico y en lo físico, la Novena Sinfonía de Beethoven y el vino parecen elecciones del mundo que ya no les pertenece. La salvación será posible a través de la taumaturgia de la niñez. La “cueva mágica” será el último recurso, la fantasía para escapar de la fantasía.

por

Ramiro Alvarez Caffaro

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