Albuquerque, otra vez

Breaking Bad y Better Call Saul

La autobiografía de Arthur Miller no es lineal, pero avanza. Los hechos vuelven pero cambiados, los personajes no mueren ni hay eventos que se terminen. Todo lo que sucede adquiere nuevas formas de establecimiento, el decurso es un bucle de novedosas repeticiones. El tiempo se curva y viajamos sobre vórtices y rulos que nos presentan nuevos hechos sumergidos en los viejos. Sin embargo, hay un momento en apariencia insignificante que me llamó la atención y en donde Arthur Miller parece detenerse. Allí lo que permanece es el cielo azul, los espacios y el vasto silencio de los hombres: Albuquerque.

Albuquerque otra vez (…) fui hasta el último vagón y me quedé contemplando la desnuda vía férrea que se perdía en el pardo Nuevo Méjico. Aquel silencio me estimularía siempre, el anchuroso cielo tan diáfano y azul como la Creación. Arthur Miller. Timebends

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Después de Breaking Bad me había resistido a ver Better Call Saul, sospechaba que el spin-off iría a deformar y hasta ridiculizar muchos de los fundamentos de la película inicial. El personaje también es fuerte, pero con matices menos dramáticos y la historia, diametralmente opuesta a la tensión que proponía el desarrollo oscuro y el descenso de Walter White, amenazaba cierta debilidad y la consiguiente búsqueda de dramatismo en forma forzada y tautológica. No tardé en comprobar que estos prejuicios estaban bastante lejos de la realidad y solo eran una preocupación lógica pero superficial del asunto. Y sin embargo, aunque Better Call Saul por momentos parece inclinarse a la comedia por medio del kitsch y la ridiculización de ciertos latiguillos pop y baratos de la cultura de consumo norteamericana, no pude dejar de preguntarme qué era eso que nos fascinaba de la misma forma que Breaking Bad. Debía haber algo mucho más poderoso que lo exclusivamente narrativo, algo formal y esencial que debía sostener ambas series sin comparación pero con asociación, sin contraste pero con continuidad. La respuesta fue Albuquerque, otra vez Albuquerque.

Interiores y exteriores

Parece ser que cuando le acercaron el proyecto a Michael Slovis, director de fotografía, y supo que tendría que mudarse a Nuevo México, no tardó en desestimarlo. Sin embargo, después de hablar con Vince Gilligan, el creador y director de la serie, y ver el piloto de lo que ya titulaban Breaking Bad, Slovis entrevió la potencialidad de la historia y que sería precisamente Nuevo México la esencia artística que debía sostenerla.

El desierto y los interiores son el vector que disecciona todo descubriendo lo feroz y lo minúsculo, lo controversial y lo oculto. Las sombras duras y las diagonales, la luz casi irreal del ocaso que atraviesa persianas bajas a cualquier hora del día, los abismos desérticos y anaranjados… es decir la fotografía en general, se convierte en el escalpelo que expone a cada uno de los personajes, a los hombres empequeñecidos por la inmensidad o la claustrofobia. Parece que Michael Slovis nunca quiso hacer una serie realista y que imaginó el drama de Albuquerque como un spaguetti western moderno: muchos negros de Kodak y tomas amplias. La fotografía debía responder a las necesidades de la historia y así como Borges supo que la selva era una proyección de Kurtz en Heart of Darkness, Albuquerque se volvió el corazón y las tinieblas de Walter White o las locuras de Saul.

Los grandes artistas no distinguen el interior del exterior, que son convenciones. Los dos deben ser lo mismo, el pulso común y compartido de las emociones y la compleja fabricación de los deseos y la voluntad humana. La vastedad y las tomas amplias, las fugas de las siluetas en la tierra como si fueran pintadas por el Greco, las miradas perdidas en la pared o en el desierto se vuelven el lugar donde todo se reúne y hombres y contexto son lo mismo. No hay paisaje turístico de mainstream televisivo, sino el latir de las tragedias individuales, el terrible encuentro de la esperanza y la miseria.

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Creo que Abelardo Castillo en el Evangelio según Van Hutten había dicho algo así como que el monoteísmo no podría haber surgido sino en aquel Medio Oriente de espacios y cielos infinitos, en contraposición al panteísmo olímpico, producto de paisajes completamente diferentes. Espero que se me perdone la cita de memoria, pero lo importante es que en el desierto está Dios, como también lo notó Miller. Allí la muerte se aproxima, aparece con la ausencia de las cosas, en la soledad mística y la falta de agua, en los extremos y los absolutos que hacen del vivir un sobrevivir. La muerte se vuelve Nuevo México y los hombres, diseccionados y al bies, se matan o se ridiculizan fantasmagóricamente en dos series que son una, en la impresionante gestión de sombras de Slovis y Gilligan.

Parece que AMC (American Movie Classics), exige que sus series originales sean filmadas en celuloide para mantener el espíritu de la compañía. El film, por supuesto, representa una limitación importante de dinero y, en este caso, un presupuesto de solo tres mil y pico de metros por día, lo que en definitiva prueba que no hay nada peor para un artista que la libertad, y que no hay nada más humano que la ausencia de libertad, cosa que explicó magistralmente Erich Fromm. Es en las limitaciones –personales o exteriores– donde solo puede haber la genuina expresión de los hombres y sus más fenomenales locuras.

Así, el mesmerismo de cada toma y cada cuadro produce un público de secta dispuesto al culto de Albuquerque donde el vacío, por física, tiende a llenarse violentamente.

(…) Ernie y yo nos habíamos visto de cara al ocaso en una esquina de Albuquerque. Era absurdo, pero me sentía solo por no verle e imaginé que si daba con la esquina, a pesar de los años transcurridos aún estaría allí, en pie, perdido en aquella contemplación inmóvil y llena de tristeza. En la imaginación se me había transformado en un rasgo natural de aquel paisaje.Arthur Miller, Timebends

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por

Ramiro Alvarez Caffaro

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